En un panorama de cine demasiado lleno de fórmulas, donde muchas películas son la copia de la copia (¿qué es eso de Enfrentados: Marfil?), es de celebrar que existan rarezas como Lionel, capaces de acercarnos a un cine próximo a la artesanía, uno que se resiste a ser el capricho que un ejecutivo decidió desde su despacho. La película de Carlos Saiz es parte de un cine que nace de la observación, de la intuición de que de aquello que nos rodea puede surgir una película. Lionel se deja llevar por el proceso, sin miedo a mutar por el camino, a convertirse en algo distinto a la idea inicial de sus creadores. Es un cine vivo y despierto.
Lionel es la historia de un joven que hace años que ya no quiere ver a su padre; un hombre ingobernable, hijo de su tiempo, pero, a la vez, extrañamente único, carismático y, a su manera, incomprendido. Con su padre, de quien heredó el nombre, comparte protagonismo, y en un viaje de ida y vuelta hacia Francia para ver a su hermana conviven como hacía años que no lo hacían: comen bocadillos juntos, escuchan la radio, juegan al billar y hasta se tatúan. Pronto, esa distancia inicial comienza a mutar: en definitiva, lo que hace el tiempo.
El acierto de la estructura de Lionel es comenzar por un posible final, con una conversación donde se abre el cajón de los reproches y que libera a los personajes antes del viaje. De alguna forma, toda la película respira esa extraña liberación, y se impregna del aroma de las familias imperfectas, extrañas: las familias de la gente común, al fin y al cabo. El Lionel padre, que todo lo altera, pasa a ejercer un rol más propio de un rebelde adolescente; mientras que el Lionel hijo y su hermana actúan como una pareja que ya acepta que, a estas alturas, lo de su padre no tiene remedio.
Tristes son las escenas de ese hombre contando batallitas, justo antes de llamar a los timbres de sus amistades pasadas para no recibir ninguna respuesta. Lionel hijo estaba ahí pocos días antes; escondido detrás de la persiana de su habitación. Ahora mira a través de los ojos de su padre, y es capaz de observar que detrás de ese carácter incansable hay años y años de tristeza escondida.

Lo más sorprendente de Lionel es la naturalidad que consigue, y la sensación que, aunque sigue una estructura bastante clásica, nada parece colocado por un director o unos guionistas que buscaban exprimir un drama. El mayor hallazgo de la película es haberse convertido, sin pretenderlo, en una profecía autocumplida: rodada acertadamente de forma cronológica, para Lionel hijo, compartir seis semanas con su padre, luchando por un objetivo común por primera vez en sus vidas (el rodaje de la propia película) terminó generando ese inesperado vínculo con el que sus creadores pretendían culminar la historia. Un vínculo que, de forma genuina, traspasa a la pantalla en un final realmente emotivo.
La hipnótica fotografía, además de un montaje en el que sin duda habrá habido un arduo trabajo de selección, consiguen no despegarnos de los Lionel hasta el final. Es curioso que esta película y El ser querido compartan, además de una temática similar, una canción de Él Mató a un Policía Motorizado. Aquella era una historia de impunidad y poder, pero esta va por otro camino: Lionel habla de la posibilidad de encontrarnos en la imperfección y cómo, gracias a ello, terminamos inesperadamente cosiendo una herida. Como dice Sen Senra en la canción del final: «Ni los malos sois tan malos, ni los buenos somos tan buenos».



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