¿Cuántas horas pueden pasar entre que tu pareja no te conteste a los mensajes y tú empieces a plantearte si el amor que siente por ti es real? Si esta historia te suena, quizá hayas sufrido alguna vez de apego ansioso, que lleva a quienes lo padecen a necesitar la validación constante y periódica de que un amor es correspondido. Cuando esta reafirmación falta, empiezan los problemas, y convendremos que, a veces, los celos o las cavilaciones pueden llegar a ser tan desmesurados que, desde fuera, alguno podría pensar que te has vuelto loco.
Quizá porque todo el mundo ha pasado por algo parecido, Obsession se ha convertido en el fenómeno global que nadie esperaba; una película de menos de un millón de dólares de presupuesto que va camino de los 400 millones recaudados. El concepto de necesitar que nos quieran a toda costa no es nuevo, pero esta película se atreve a hacerlo en un tono muy particular que combina el terror adolescente de fuego lento y las salidas de tono propias de un personaje celoso digno de telenovela, como si la Amanda Seyfried del comienzo de La asistenta cayera en el universo de It Follows.
No sería del todo justo compararla con la maravillosa Mi reno de peluche, que ya hablaba de los límites a los que llegamos para sentirnos queridos, profundizando en las heridas del protagonista y en su imposible contradicción de aceptar tener una acosadora para sentirse digno de ser amado. Obsession ni se asoma a la profundidad de la miniserie, pero se acerca a otra controvertida idea: aprovecharse de un amor artificial que, a pesar de ser una creación del protagonista, puede llegar a satisfacernos. Cuando Bear hace el amor con Nikki, traspasa el límite entre saciar una herida interna y aprovecharse de la situación para irse a la cama con la mujer que ama. Este perverso dilema moral, que se intuye, no termina de estar del todo desarrollado en la película, que prefiere enseguida apretar las tuercas del comportamiento obsesivo de la chica y elimina esos grises que harían más interesante al protagonista.

Al igual que It Follows, Obsession acierta en no necesitar explicar mucho sobre el artefacto que detona el argumento. Como ya aprendimos con cada capítulo de Doraemon, obtener lo que deseas por la vía rápida puede terminar como el rosario de la Aurora, pero quizá sirva para aprender que, igual que en la vida, el amor también es cuestión de resignación y paciencia.
Lo mejor son las interpretaciones de sus protagonistas, especialmente la de Nikki, Inde Navarrete. Su personaje está escrito como una exageración de aquellos comportamientos irracionales del amor, en los que en un solo minuto conviven la admiración y el deseo con los celos y la posesión. Esto tan difícil lo consigue la actriz con un rostro capaz de transmitir amor y ternura y, segundos después, auténtico miedo; algo que también se complementa con una fotografía llena de sombras (¿quizá demasiadas?) y unos logrados silencios en los que el público se ríe casi para destensar el nudo en la garganta de la escena anterior.
Obsession es un divertimento bien hecho que, aunque siento que no termina de explorar del todo los matices de su premisa y parece dar demasiadas vueltas sobre sí misma, termina por todo lo alto. Y es que, sin destripar nada, en sus últimos minutos revela el secreto de su concepto. Necesitar sentirse amado a cualquier precio puede ser toda una pesadilla, pero cuando llega el subidón y uno se siente lleno de amor de ida y vuelta, entonces no hay heridas, gritos ni celos que se pongan de por medio. No hay nada más catártico que la sensación del amor correspondido, y quizá por ello nos empeñamos en buscarlo a toda costa. Aunque algunas veces nos pueda llevar a la ruina.



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