Ventiladores a todo trapo, noches sin dormir, moscas atrapadas en trampas mortales y grifos por los que ya no gotea agua. Y, en medio de todo esto, sexo salvaje, música de rave para ir al trabajo y estudios científicos para alargarnos la vida hasta los 120 años. Quizá se equivocaron los científicos: lo peor del cambio climático, además de los miles de muertos, desplazados o costas inundadas, sería comprobar cómo los seres humanos íbamos a querer vivir hasta el final, aunque el mundo entero se estuviera derritiendo a nuestro alrededor.
Si Viva, la ópera prima de la también actriz Aina Clotet, resulta tan inclasificable es, en parte, por la elección de situarla en un contexto de sequía extrema, que baña todas las imágenes y actitudes de los personajes de esa cierta anarquía de quien ya lleva meses viviendo a treinta grados y, literalmente, se la empieza a sudar todo. Pero no sólo eso: nuestra protagonista, Nora, que acaba de superar un cáncer de mama y no quiere ni oír la posibilidad de tener otro, parece incapaz de volver a su vida anterior como si nada. En esas idas y venidas entre sus costumbres anteriores y unas pulsiones vitales y sexuales nuevas, la conocemos: en una contradicción constante, tanta que es imposible no reírse con una Aina Clotet capaz de crear situaciones tan incómodas y humanas como en su serie Això no és Suècia.

La película es también una postal de una Barcelona a medio camino entre la que conocemos y la distopía cercana, con una humedad y un calor extremos, el inglés y el francés como lenguas de uso diario en la ciudad o pisos del Raval donde viven varias familias a la vez. Una ciudad algo caótica y asfixiante, pero también llena de una diversidad de formas de vivir que terminan contaminándose unas a otras (como el encuentro con el joven bailarín que transforma la vida de la protagonista); un particular retrato de Barcelona que se convierte en un elemento crucial en el tono de la película.
Muchos de los personajes episódicos parecen también una extensión satírica del personaje de Nora: una sala de espera de una terapia llena de pacientes llorando de lo mal que están, unas monjas adictas a las pastillas para pasar mejor los días o una amiga obsesionada con una gurú de la autoayuda. Todos ellos, como la protagonista, tratan de surfear la oscuridad de sus días. Y, sin embargo, la vida, el baile y el sexo se abren paso, y, como si tuviera quince años, Nora necesita la adrenalina de lo desconocido, de quien se compra una nube de azúcar y se sube a la caída libre del parque de atracciones y celebra que si hay que morir, pues que así sea.
Nos guste o no, Viva es, por encima de todas las cosas, una película fiel a su protagonista, y todo su montaje, su música y su historia nos cuentan su forma de ver el mundo: su exagerado miedo a envejecer, su personalidad a veces caprichosa, inmadura e individualista, y su deseo de que lo inesperado rompa una vida aburrida. En este camino que hacemos con Nora, a veces resulta más fácil reírse que empatizar del todo con ella, pero quizá eso no sea malo, sino que es humano. Y es que si hubiera un manual sobre cómo hacer una película sobre la superación de una enfermedad, el resultado nunca sería nada parecido a Viva. Y de ahí que esta sea una película para ver, celebrar, y contagiarse (o no) de esa anarquía de su protagonista y creadora.



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