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Crítica de «Backrooms»: la nota disonante

Jun 19, 2026

No hace falta saberse de memoria una partitura: si vamos a un concierto y un pianista toca la nota equivocada, lo detectamos con facilidad. Tiene algo de matemática: cuando un músico se sale de las notas de su escala musical, la armonía y la sensación de bienestar se rompen. Pero, puesto que tocar una nota ligeramente disonante genera una inquietud y una incomodidad, muchos compositores abrazan ese aparente fallo, construyendo verdaderas obras maestras a partir de notas que, en teoría, no deberían estar ahí.

Backrooms es, en su concepción y en su fondo, la exploración de una nota disonante. Es un cineasta de veinte años (Kane Parsons) al que, después de petarlo con unos cortos de YouTube, una productora sin miedo a equivocarse le confiere diez millones de euros para hacer su primera película. Pero, sobre todo, es la exploración de un mundo que ni siquiera el personaje de Chiwetel Ejiofor puede contar con palabras a su psicóloga.

Es un universo aparte, el mismo y uno completamente diferente al nuestro a la vez, que dialoga con los despojos de todo lo que hemos vivido y conocido y que conecta con un malestar contemporáneo: es tan infinito como Internet, tan inquietante como la IA generativa y tan triste como estar solo en un centro comercial. A través del diseño de unos espacios que rozan la perfección, gigantes pero totalmente minimalistas, y a la vez, llenos de detalles fascinantes (¡esos objetos parciales que sobresalen de las paredes y del suelo!), la película consigue algo muy difícil: transmitir ese desconcierto y a la vez esa fascinación por ese mundo alternativo que, antes que explicarlo, hay que sentirlo.

La película es su concepto. Cuanto menos se intenta explicar a sí misma y cuánto menos trata de justificar a sus personajes, mejor funciona. No necesitamos entender qué está pasando ni necesitamos que exista una conspiración que le ponga la lógica a todo lo que hemos vivido. El viaje apasionante de esta película pasa por dejarnos arrastrar por la fuerza de las imágenes (especialmente sus secuencias rodadas con la handycam, las más fieles a los cortos originales y que son un viaje en sí mismas), la de su banda sonora llena de notas disonantes, la de unos personajes que encuentran allí dentro un universo donde coser esas heridas que siguen en algún lejano backroom de su interior; a pesar de que, como el personaje de Renate Reinsve y quizá como todos nosotros, viven su vida fingiendo ser adultos funcionales.

Quizá la fuerza de esta creación contemporánea que son los backrooms reside justamente en el vértigo de reconocernos como seres falibles, como intentos incompletos, como esbozos de una perfección que, en realidad, no existe. Si el mundo nos castiga cuando intentamos tocar una partitura y nos equivocamos, entonces bajaremos a estos pasillos infinitos, solitarios, acompañados de todos estos elementos que también son un intento, un recuerdo de algo que algún día soñó con estar completo. La película es un acierto porque, a pesar de expandir su concepto de partida, consigue dejar abierta la gran pregunta de por qué este mundo sigue fascinándonos. Las notas disonantes de un guion a veces algo errático y explícito se perdonan porque, al salir del cine, esa mezcla entre incomodidad y asombro permanece tan dentro de nosotros que dan ganas de volver a encontrar la rendija para entrar.

★★★★

1 Comentario

  1. Anónimo

    Molt bona ressenya, Jamie! Ganes de veure-la

    Responder

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