Muchas películas son una cuestión de tiempo. Tanto del momento vital en que las vemos como, sobre todo, de la época en la que se estrenan. Algunas envejecen fatal, pero hay otras como El diablo viste de Prada, Legally Blonde o Mean Girls a las que el tiempo ha convertido en icónicas. Los personajes de Anne Hathaway, Reese Witherspoon o Lindsay Lohan eran chicas poco comprendidas que conseguían darle la vuelta a la tortilla y decirnos algo importante sobre nuestro mundo y el lugar de la mujer en él.
Esta crítica trata de la sensación extraña que tuve al ver la segunda parte de El diablo viste de Prada. Es innegable que mantiene una esencia prácticamente calcada de la original y eso genera una sensación de comodidad, pero, aunque la película se esfuerza en actualizarse (ahora los flashes en las alfombras rojas son de smartphones y ni siquiera Miranda Priestly escapa a la cultura de la cancelación), hay un halo artificial en ella, empezando por el hecho de que los veinte años no parecen haber pasado para el rostro de ninguna de las protagonistas (especialmente Hathaway y Blunt) y porque la Andy graciosísima que vestía con cualquier jersey quedó atrás en la primera. Andy Sachs representa ahora una bonita historia del sueño americano y, claro está, tiene menos gracia.
En la primera media hora la película ofrece una continuación de los personajes, pero hay una ausencia de conflicto real y tarda demasiado en mover las piezas para activar la historia. Con el giro en la cena que debía hacer heredera completa a Miranda, la película se reactiva para convertirse en una especie de Succession sobre el futuro de Runway y entonces empieza a ser interesante. Si en la primera Andy se daba cuenta de que quería tomar un camino diferente al de los tiburones como Miranda Priestly, en esta el personaje de Streep se redime (quizá porque el público, y la propia Andy, la comprende y le tiene cariño) para convertirse en la heroína de un barco que ya está prácticamente hundido, pero que ahora también es nuestro barco.

Con la redención definitiva de Miranda, la película consigue cerrar esos arcos de personaje que el paso del tiempo ha obligado a una resolución diferente. Así, Nigel (Stanley Tucci) consigue no estar eternamente en la sombra de su jefa, y Emily (Emily Blunt) dejar de vivir en un resentimiento eterno. La película cambia el final de la primera para abrazar una realidad en la que el capitalismo puede existir sin necesidad de pisar al prójimo ni de ser el tiburón más hostil del océano. En esta película, los diablos son otros y peores: los multimillonarios sin faro moral, dispuestos a dejar que sea la IA quien decida qué nos ponemos la próxima temporada de otoño. Sorprende comprobar cómo hemos llegado a tal extremo que incluso Miranda Priestly, en la anterior película la representación del capitalismo más salvaje, rompe una lanza contra la dirección que está tomando nuestro mundo.
A pesar de partir de una operación nostálgica poco arriesgada, El diablo viste de Prada 2 termina siendo satisfactoria porque consigue actualizarse sin perder identidad. Ese universo de alfombras rojas, flashes y pasarelas, que antaño se veía como algo aspiracional e idealizado, queda aquí como el espejismo de un mundo con fecha de caducidad. La película es una fiel hija de su tiempo: a pesar de que nuestro presente está en llamas, de que la creatividad humana en la moda y el buen periodismo están cada vez más en peligro, necesitamos seguir desfilando.



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