Cada barrio tiene sus sospechosos habituales. En el mío está «el hombre del misil», un borracho que se pasea por las calles enzarzándose en discusiones con desconocidos y siempre termina gritándoles: «¡Te lanzaré un misil!». También te cruzas a menudo con Clive, un señor que añora la Barcelona sin móviles ni turistas y se pasea con varios carteles encima a modo de proclamas esperando hacer pensar a algun transeúnte. Y hay más: los que van cada mes al consejo de barrio con todo tipo de exigencias personales como que el bar de abajo cierre antes o que los camiones de la limpieza hacen demasiado ruido. No consiguen mucho pero ahí están, un mes tras otro, convencidos de luchar contra lo que consideran injusto. Ante lo que otros se comprarían tapones para dormir o se cambiarían de barrio, ellos tienen la virtud —y también la ruina— de llevar en su ADN no conseguir adaptarse. Y, de un modo u otro, eso los condena a vivir en los márgenes.
La de Un Poeta (Simón Mesa Soto, 2025) es la historia de uno de estos marginados, uno que lleva de nombre Óscar y que es una suerte de vieja gloria de la poesía, aunque con la diferencia de que ni es tan vieja ni fue tan gloriosa (tiene apenas cincuenta años y publicó dos pequeños libros de poesía cuando no pasaba de los veinticinco). Vive con su madre, no quiere trabajar de nada que no esté relacionado con la poesía y tiene una hija adolescente a la que no ve y que se avergüenza de él. Su faro es el de su escritor de referencia, José Asunción Silva, a quien tiene colgado en la pared de su habitación para, cada vez que el sistema trata de imponerle algo, mirarle a los ojos y recordar el que se juró que sería su cometido en este mundo: la poesía.
La vida de Óscar, como se encarga la primera cartela de anunciarnos, es un fracaso; un fracaso según los personajes que lo rodean, pero también —y eso es lo peor— según él mismo. Si vivir de la poesía es difícil, ahora imagínate lo que es vivir de la poesía sin siquiera escribirla. Su revulsivo llega cuando descubre a Yurlady, una estudiante de familia humilde que escribe en un cuadernillo algo parecido a unos poemas. Óscar se ilumina y decide llevarla a un concurso donde enseguida quedan maravillados por su potencial: no tanto el de su poesía, sino el de ser una escritora de quince años y de clase humilde. Donde Óscar solo buscaba darle altavoz a una sensibilidad, la élite poética visiona una historia de superación superventas.

Un poeta es un ejemplo de lo que, a mi modo de ver, es casi una película perfecta: tiene un tono único entre la tragicomedia y el drama, una cámara que va haciendo zooms a los personajes para retratar así el ridículo o la soledad del protagonista, un montaje preciso y abrupto que de una melodía de jazz preciosa corta al sonido de las calles de Medellín. Lo mejor, sin embargo, además de la increíble interpretación de Ubeimar Rios, es un guion afiladísimo que le da la vuelta a todo: convierte a nuestro antihéroe en héroe y fracasado al mismo tiempo y, lo más importante, convierte el arte en farsa. La forma en que se retrata el mundo de la poesía —sin necesidad de entrar en grandes editoriales ni esferas de poder— termina por darle la razón a nuestro protagonista: ante un «arte» que obliga a uno a pervertirse de forma ruin para sucumbir al sistema, casi resulta más ético refugiarse tomando diez copas de más y gritar a los cuatro vientos proclamas sobre aquellos poetas que un día nos hicieron vibrar.
«La poesía ya no es lo que era», dice un personaje en un momento de la película. Y, sin embargo, Simón Mesa Soto, como en las mejores poesías, consigue aunar lo patético con lo sublime, hacer que empaticemos con un hombre de cincuenta años que prefiere hacerse una bolita en su cama antes que enfrentarse a sus fantasmas. A través de la historia de su hija y de Yurlady, Óscar cae en las peores humillaciones que podría caer un hombre adulto, pero finalmente, a diferencia de otros, termina cayendo de pie. La gracia de personajes como Óscar, de poetas que no escriben, de hombres con carteles que se pasean por el barrio o que amenazan con mísiles imaginarios es que un día llegue un cineasta a contarnos su historia y nos demos cuenta de que todos somos un poco como ellos: víctimas y verdugos de un sistema en el que la verdadera poesía apenas puede existir.



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