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Crítica de «La Grazia»: los presidentes también lloran

Abr 8, 2026

¿De quién son nuestros días? En la respuesta a esta pregunta se esconde la idea central de La Grazia, la última película de Sorrentino, que vuelve a regalarnos una película como solo él sabe hacerlas: fiándolo todo a la conjunción entre la imagen, la música y la palabra. Si algo es propio de su cine es esa mezcla entre lo ordinario y lo extraordinario, su capacidad para convertir en poesía una fiesta en una terraza de Roma, la devoción por una estrella de fútbol en Nápoles o, como en este caso, los últimos días en la presidencia de Italia de un hombre que duda en la toma de decisiones. Algunas tan importantes como aprobar o no la ley de eutanasia.

Para llegar a esa idea de fondo, el director intercala tres conflictos diferentes que mantienen al presidente en vilo en sus últimos meses: además de la eutanasia, tiene sobre la mesa dos posibles indultos a un hombre y una mujer condenados por asesinato, y una inquietud cada vez más profunda sobre quién fue el amante de su mujer. Los tres conflictos, que al principio aparecen algo desordenados, incluso repetitivos y explícitos de más con la voz en off, terminan cobrando sentido porque hablan de lo mismo. Con su debate sobre si conceder la opción de morir dignamente, el protagonista hace un viaje hacia abrazar la vida. Por lo menos, lo que es la vida según Sorrentino, algo maravilloso, que se encuentra lejos de los despachos, de los trajes grises, y de las apariencias y de la falsa seguridad asociadas a la tarea de gobernar.

Ver esta película el mismo día que Trump anuncia que va a «destruir toda una civilización entera» la convierte casi en una utopía. Aquí, Don Mariano (Toni Servillo), como buen jurista que es, se permite largos paseos antes de tomar una decisión, necesita entrevistar a las partes, meditarlo. Esa indecisión exaspera a su alrededor, y más con cuestiones de vida o muerte como las que tiene sobre su mesa. Pero una lágrima de un astronauta suspendida por la gravedad, o la confesión de un general sobre el porro que descubrió en la habitación de su hijo (y que se fumó) lo llevan a abrazar el beneficio de la duda. En un sistema en el que una sola persona acumula tanto poder que excede los límites de lo humano (así lo subrayan las cartelas iniciales) esta duda resulta radical, pero tan humana como la vida misma.

De la misma forma que La Gran Belleza no me gustó en un primer visionado y luego se convirtió en una de mis favoritas, esta película pide algo de paciencia en su primera hora. Pero, llegado el momento, es fácil rendirse ante una historia donde todo está más medido de lo que parece, que plantea un debate muy profundo con enorme serenidad y que pronto se convierte en una sucesión de escenas poéticas, una tras otra, en las que te quedarías a vivir. Quizá justamente de eso va esta película, de quedarnos aquí para vivir. Porque aunque a veces un mar de estímulos y miedos nos hagan pensar lo contrario nuestros días son eso, nuestros. Aunque no está de más que de vez en cuando, venga Sorrentino a recordárnoslo.

★★★★

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