Los que nos criamos con la sátira política del Polònia en TV3 recordamos uno de los gags estrella del programa: el gag del croissant. Consistía en que un político entraba en una cafetería a pedirse un croissant de chocolate y el camarero convertía esa simple petición en su mayor pesadilla: negaba que hubiera ningún croissant (a pesar de haber decenas) y le obligaba a fijarse en el único donut de la barra; o bien le servía un plato vacío, ya que, tras una asamblea con el resto de camareros, se había decidido que el croissant no estaba a la venta. El gag funcionó porque se convirtió en una metáfora infinita para explorar las contradicciones de los políticos: ¿cómo vas a negar la violencia machista estructural si la tienes delante?; o ¿son los partidos asamblearios víctimas de su sistema? Semana tras semana, los políticos desfilaban ante el camarero y se tenían que enfrentar a una metáfora que cuestionaba de forma directa —pero inteligente— sus creencias.
Torrente, Presidente quiere ser una sátira política que reparta para todos. Aunque se centra en «NOX» (VOX), aparecen candidatos de todos los colores políticos. Reparte contra Sánchez, contra Abascal (aunque no contra Feijóo, curioso), y contra Sumar y Podemos. El problema de base de la película es que el humor no arroja luz sobre las contradicciones de los políticos, sino que se convierte en un desfile de lugares comunes: lo gracioso de «Restar» (Sumar) es que su candidata es una mujer trans que habla con lenguaje neutro, de «Nox» es que tienen a un hombre negro en sus filas y de «Pudimos» es que el candidato va en silla de ruedas. Imaginamos que esto es lo que sucede cuando quien conduce la trama es alguien como Torrente, al que su propia naturaleza cuñadista hace que le resulte grotesco que la política esté formada por personas de múltiples colectivos, en lugar de cuestionar el poder como lo hacía el camarero del Polònia. Sí, aparecen Trump y Milei, pero son apariciones esporádicas que impiden profundizar en sus personajes.

En pleno 2026, el humor que resulta más subversivo de Torrente, Presidente es aquel al que llaman «políticamente incorrecto». Cuando aparece un bloque que hace humor de «los moros», «las transexuales» o «los gais», la sala echa a reír a carcajadas esperando con ganas a la siguiente barbaridad. Aunque se vende como una sátira de nuestra clase política, termina siendo una película conservadora que disfraza de arriesgado el mismo humor que se hacía hace veinte años. Lo «liberador» para parte de los espectadores es poder escuchar en pantalla esas bromas que ya no se pueden hacer en las comidas de Navidad sin que alguien les salte a la yugular. La película deja de ser valiente cuando le da a su target aquello para lo que han venido a reírse, sin realmente molestar a ninguna de las estructuras de poder que pretende denunciar. De hecho, por no molestar, no pone ante un espejo ni a las contradicciones de la izquierda.
Aunque es difícil aburrirse con la película —el ritmo es constante, el montaje es ágil y hay cameos constantemente—, su tramo final es, posiblemente, lo peor. El personaje de Kevin Spacey nos revela que, en realidad, hay una agenda secreta mundial que quita y pone a los políticos según los intereses del momento. En su momento él puso a Pedro Sánchez y, ahora, es él quien pone a Torrente. El colmo de esta película tan falsamente subversiva es abonarse a la antipolítica de brocha gorda, a los discursos casi conspiranoicos de que todos son unas marionetas y, sus votantes, un rebaño de ovejas al que tiene que venir Segura a iluminar con la verdad.
Está claro que Santiago Segura conoce al público español y, con ello, consigue llenar las salas más que casi ninguna otra película. Más bien cabe denunciar que, con su enorme poder mediático y de convocatoria, lleve dos décadas entregándole al público español los dos mismos croissants de chocolate, una y otra vez, pasando de puntillas por cualquier tipo de innovación, de profundidad o de riesgo real. Santiago, no nos engañas: vas de punki, pero eres una estructura de estado más.



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