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Crítica de «Pillion»: enamorarse de Dios

Mar 12, 2026

El tópico dice que viajar lejos permite conocer otras versiones de ti mismo; pero, a veces, la aventura puede estar esperando a la vuelta de la esquina. Eso mismo le pasa a Colin, el joven protagonista de Pillion, que, de un día para otro, se encuentra entregándose en cuerpo y alma a un atractivo motero del que no sabe —ni sabrá— prácticamente nada: le hace la compra, cocina para él, se rapa la melena y duerme hecho una bolita en su alfombra.

El cambio en la vida de Colin sucede así, sin preparación ni explicaciones, y como él, vivimos este salto a lo desconocido sin que el guion tenga la necesidad de justificarse. Y es justo eso lo que hace que Pillion sea una película especial: observa a su protagonista desde un lugar tan íntimo que logramos conectar con esa plenitud que siente al abrazar a su nuevo Amo en cada viaje en moto. Colin se siente lleno haciendo lo que, sobre el papel, su madre —y quizá algunos espectadores— podría juzgar como una actitud denigrante hacia él. Hay cadenas, candados, hombres-perro y días en los que el trabajo de Colin es esperar a cuatro patas a que su cuerpo se use para el placer de otro. Todo esto, que podría ser sucio, oscuro y sórdido, no lo es: está retratado sin ponerse por encima de los personajes. Y desde aquí me sale aplaudir por contar una historia así, y hacerlo desde este punto de vista.

Como toda fantasía —incluso como toda droga—, siempre llegan esos momentos de bajón después del viaje, pequeñas hostias de realidad. No sabemos cómo sigue la joven de Los Domingos después de entrar en el convento, pero en algún multiverso quizá le pase algo parecido a lo de Colin: darse cuenta de que dejar que todo lo decida Dios —o Alexander Skarsgård, si se me permite— también es una elección que implica sacrificios. Y que, para algunos, Dios siempre está allí si te entregas a él, pero no siempre te puede dar lo que necesitas.

En una postal de pocos personajes y a lo largo de un solo año, Pillion es un viaje iniciático de un personaje que descubre el lugar que quiere habitar en el mundo. Es sencilla, íntima y con una banda sonora precisa y elegante. No necesita nada más que la mirada de su actor, Harry Melling. Su triunfo es hacernos partícipes de un juego que conecta con algo difícil de explicar: una mezcla de lo profundamente psíquico y lo carnal que provoca una fascinación especial. Colin ha encontrado su sistema y ni nosotros ni la película somos nadie para decirle cómo debe vivir su vida o de quién debe enamorarse. Larga vida al cine que permite acercarnos a realidades con las que algunos habrían puesto el grito en el cielo.

★★★★

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