El ejercicio que propone La luz es tan atrevido como incómodo. Ponerse en la piel de un ser que ha cometido uno de los delitos más atroces es un reto para cualquier espectador; que es arrojado sin preparación alguna al imposible jardín moral de un personaje que, en su búsqueda del perdón a toda costa, de la propia redención, termina cayendo en los comportamientos más retorcidos y patéticos que puede tener un ser humano.
Con todo y con ello, él es nuestro protagonista, y aquí el primer punto a favor de esta película. El cine nos ha acostumbrado a los héroes e incluso a los antihéroes, pero convendremos que este cura pederasta no puede ser ni una cosa ni la otra. De aquí la perplejidad al observar las acciones de este personaje, que a medida que avanzan los minutos y se multiplican los descubrimientos que alejan nuestra simpatía hacia él, más logramos comprender.
La ambición del director es clara y, en parte, conseguida. El arrodillamiento en el bar o la escena con el periodista en el paseo marítimo son dos ejemplos, a mi parecer, de una escritura que avanza sin miedo a sorprender y a llevar al límite a su protagonista. Pero es cierto también que hay algo en la totalidad de la propuesta que justamente juega en contra de ese ejercicio. Esto se ve en su buscada fealdad y oscuridad formal, pero, sobre todo, en la forma en la que a veces observa a su protagonista desde una distancia opaca, generando a través de recursos algo manidos esa lejanía y ese juicio hacia su protagonista. Si en Mantícora de Carlos Vermut la realidad aumentada permitía no despegarnos del personaje ni en uno de los momentos más difíciles de mostrar en pantalla, en La luz el director lo cuenta todo sin metáforas ni otros recursos, y eso le obliga a alejarse de él en momentos, como esa cámara situada fuera de la habitación, con la puerta entreabierta, con sonidos en fuera de campo más inquietantes que otra cosa. Está claro que la profunda culpa que padece el personaje es un elemento más de la puesta en escena, pero esa apuesta termina a ratos condicionando demasiado la película y el diseño del personaje. Incluso en la propia interpretación de Alberto San Juan, en la que es de aplaudir su buscada transformación, hay otros en los que ese exceso se come al personaje, cerrando la puerta al matiz.

El guion de La luz avanza hacia lugares insospechados, y abraza finalmente una idea de fondo que el protagonista recibe como una llamada de Dios. Si antes decía que el personaje surfea en una categoría que no es ni la del héroe ni la del antihéroe, en su segundo tramo el protagonista encuentra que solo puede sobrevivir si se convierte en el más cuestionable de los héroes. Llegados a este punto, el personaje da tantas vueltas que empieza a ser difícil de creer lo que propone el guion y, en consecuencia, su parte final se hace cuesta arriba. Aún así, sigue teniendo interés el complicado posicionamiento moral que propone la película hacía su protagonista.
Por ello, y sin desvelar nada, la última escena es tan descorazonadora; si cuando la película es más interesante es cuando surfea esa ambigüedad, el golpe de efecto final termina trasladando el conflicto moral a un terreno más próximo a la religión: algunos van al cielo y otros al infierno; hay pecadores y santos; hay verdugos y mártires. La película es estupenda cuando rompe con esa simplificación moral que tanto ha carcomido la cabeza de nuestro protagonista; pero da la sensación de que nunca termina de despojarse del todo de ella, y termina preso de la misma en la narrativa. Quizá, quién sabe, es la enésima prueba de que ni siquiera los que observamos desde la lejanía todo lo relacionado con la Iglesia somos inmunes a la sombra de la moral religiosa. Seguimos creyendo en el karma, la justicia divina; en la narrativa de héroes y villanos, pero la realidad, como demuestra esta peli en sus mejores momentos, es mucho más gris y no entiende de simplificaciones.



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