La cosa promete: dos naves espaciales —una del planeta tierra y otra extraterrestre— se encuentran a años luz de nuestro planeta. En una está Ryan Gosling, un científico que ha despertado solo en la nave que tiene la misión de salvar a la humanidad. En la otra aún no lo sabemos, pero lo que observamos no se asemeja en absoluto —ni en tamaño ni en materiales— con lo que los humanos entendemos por una nave espacial. Se da entonces una imagen bella, quizá la más bonita de todo el filme, con ambas naves en paralelo, que avecina un encuentro imposible entre, ya no especies, sino seres cósmicos distintos. Aquello que en Arrival sucedía en la Tierra pero esta vez en terreno neutral: en mitad del espacio y en completa soledad para nuestro protagonista.
Así despega el segundo acto de una película que, por su trama y por las ideas de las que habla, invitaba a pensar que sería una exploración sobre la comunicación; sobre el reto —pero ¡tan necesario!— de entenderse para lograr un objetivo común, aunque sea con extraterrestres. Pues bien, nada de eso sucede. El extraterrestre tiene forma de roca y, aunque no tiene cara, tiene cinco bracitos con los que a los pocos minutos está imitando los movimientos del protagonista. La química es instantánea. Sus sonidos enseguida son descifrados por el científico y, al poco, pasados por un traductor que los convierte en una voz humana. Por ejemplo, la de Meryl Streep. El extraterrestre replica las expresiones humanas: ¡Amaze, Amaze, Amaze!, ¡Fist my bump! —también comete algunos fallos—, alucina con los vídeos de la tierra, y siente igual que nosotros: está triste porque sus compañeros de nave murieron y está solo. En este punto, la película revela su verdadero tono: una comedia interespacial que tiene más de Guardianes de la Galaxia que de Arrival o Interstellar, a pesar de que su potencial narrativo invitaba a pensar que iba a ir más allá de la sucesión de gags.
En realidad, el filme empieza dejando claras sus intenciones. El primer acto parece el resultado de un metraje de seis horas reducido a tres: en una secuencia de montaje, Ryan Gosling despierta, cae de la camilla, trepa por la nave, se choca, encuentra a sus compañeros muertos, mira por la ventana y así sucesivamente. Excepto unas pocas escenas, la película es incapaz de parar para crear atmósfera (los cortes y la música son omnipresentes) y hacernos partícipes del trasfondo trágico del protagonista; eso es, que está en un viaje de ida hacia la muerte por obligación y, encima, completamente solo. No responde a ninguna de sus interesantes preguntas: ¿el fin del mundo no está creando una enorme crisis mundial política? ¿Quiénes son sus excompañeros de viaje? ¿Por qué su vida en la tierra era tan miserable? ¿Y por qué nunca se ha creído capaz de ser un héroe? Por contra, se empeña en ser feel-good a toda costa. Así, momentos tan dramáticos como cuando Sandra Hüller le clava una aguja a Gosling y lo manda a tomar por el espacio se suavizan previamente con un momento karaoke en el bar de confianza de la pseudo NASA, aunque no tenga mucho sentido.

La película es una oportunidad perdida. Este es un extraterrestre a imagen y semejanza humana, es decir, el próximo muñeco superventas de las navidades. Y, en este caso, eso equivale a decir que es una película-producto muy poco interesada en su propia idea central, que es que entender al otro puede derivar en la más bonita de las amistades. Es reveladora la gran cantidad de tiempo que Rocky pasa en la nave humana en comparación con la poca que Ryan Gosling pasa en la tan espectacular nave extraterrestre, y es también revelador que, cuando Gosling visita el planeta de los otros, éstos hayan preparado una especie de Show de Truman que es una réplica casi perfecta de la Tierra. No, aquí no hay ninguna voluntad de entender o explorar al prójimo: la idea que funciona como clímax emocional es que la otredad se adapta, replica y quiere ser como nosotros. O si no, ¿qué lectura hay que sacar del momento en que todos los rockys hacen de alumnos del ya maestro interestelar Ryan Gosling?
Si algo queda claro es que la intención de la película apunta a algo superficial y consumible. Quizá toca más bien plantearse por qué, con la cantidad de películas interespaciales en nuestro imaginario, esta nueva superproducción de Hollywood no propone ni una sola idea radical, o siquiera atrevida o novedosa. Que, según algunos que han tenido el placer de leerlo, se hayan cargado gran parte del peso científico o político del libro (¡Interstellar estaba llena de ciencia y era fascinante!), solo subraya esa intención blanca de una película que sin renunciar a ser amable y divertida, habría ganado al exigir más a los espectadores. El buen cine de masas (y a los ejemplos anteriores me remito, que ya han quedado para la posteridad) es capaz de esto y mucho más.



Suscribo cada palabra de esta crítica. Amén.