Hay películas que debajo de su sencillez, de sus miradas, de sus diálogos y silencios, esconden todo un mundo. Este, para mí, es el caso de Dos Fiscales (Serguéi Loznitsa, 2025), aunque más que un mundo, lo que esconde esta película es un país que ha cambiado la revolución por el totalitarismo, o, lo que es lo mismo, el giro que vivió la URSS bajo el mando de Stalin y cuya población vive con negación, con nostalgia de los ideales perdidos por el camino y sobre todo, con silencio, mucho silencio.
La película no es accesible de primeras: contiene secuencias largas, una cámara en cuatro tercios que narra a través de planos estáticos, una ausencia casi total de banda sonora y, especialmente en el primer tercio, muchas secuencias de pasillos, de puertas y más puertas y más puertas abriéndose y cerrándose para dejar pasar al protagonista. Detrás de mí (o delante, nunca lo supe) un espectador empezó a roncar desde el minuto cinco y no despertó hasta los créditos. Otro más adelante miraba el móvil y echó pestes de la película cuando salió. Pero me atrevería a decir que el resto de los espectadores terminamos hipnotizados por lo que esta película, con paso lento y firme, termina contando de forma clara y bella. Lo hace a través de un protagonista al que resulta imposible dejar de mirar por su rostro misterioso (¡esa nariz rota!) y por su firmeza moral: un fiscal decidido a encontrarse con un preso que le envía una carta manchada de sangre en la que describe ser víctima de graves torturas por parte del régimen.
Al fin, cuando el protagonista cruzar todas esas puertas que parecían no terminar nunca y llega a la celda en la que conoce al preso en cuestión, la película despega. Lo hace mediante un diálogo brutal (sin cortes y con sus debidos silencios) en el que el fiscal entiende muchas cosas: que ese preso no es uno cualquiera, si no un revolucionario purgado por situarse en contra de la centralización del poder, y que la promesa de la URSS que inspiró a tantos, incluído a él mismo, a luchar para unos ideales de justicia e igualdad, se está desvaneciendo a cada minuto que pasa. Esos diálogos que el protagonista establece a con varios personajes (en la celda, en los dos viajes en tren -uno con la plebe y otro en clase más business– y con el otro fiscal) completan una postal del país en 1937 en la que el protagonista es de los pocos que se niegan a cambiar esos ideales por el terror y la persecución de estado.

Si la película ha terminado por gustarme (¡y mucho!) es porque no hace trampas: se toma el debido tiempo en mostrar las dificultades burocráticas del protagonista, en sus intentos e insistencias para conseguir cruzar más puertas de las que ningún otro fiscal de su época parece atreverse a cruzar, sin, en ningún momento, despegarnos del su objetivo. Y solo en la penúltima secuencia, la del tren, nuestro fiscal -que, soltero y huérfano, parece tener la única compañía de su deber por la justicia- bebe unas copas de más y termina sonriendo por primera vez, como si, al fin, entre tanto silencio y tanta puerta, encontrase un retazo de vida y serenidad y se permitiera la contradicción de cantar entre tanta injusticia.
El final es otra historia -bueno, realmente el gran resumen de la historia– pero tampoco es mi intención destriparlo. Lo que sí diré, a modo de cierre, es que esta película se podría haber contado de otra forma: desde el puro thriller, con un interés romántico del protagonista, con muchos más cortes, con una banda sonora para remarcar el horror, el misterio. Quizá, de esa forma, ningún espectador se hubiese dormido en la sala, pero creo también que el poso que esta película deja una vez termina viene por esa apuesta por la sencillez, la repetición, casi el tedio. La burocracia es aburrida, y también un arma de muchos estados y regímenes para terminar perpetuando tantas injusticias y que nada cambie.



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