Hace años que el guionista Charlie Kaufman retrató en Adaptation cómo, a veces, la tarea creativa se puede convertir en una auténtica pesadilla. Lo hizo mediante un Nicolas Cage febril que durante el proceso se daba de bruces con sus fantasmas: la procrastinación, el síndrome del impostor, la comparación con otros escritores… Decidido a romper su bloqueo, se acercaba peligrosamente a la escritora del libro que tenía que adaptar —interpretada por Meryl Streep— y lo que descubría acababa siendo mucho más excitante que su todavía inexistente guion. La clave de su historia estaba allí afuera: en lo desconocido, lo exótico y lo misterioso.
Amarga Navidad me ha parecido la mejor película de Almodóvar desde Dolor y Gloria, y eso es, por encima de todo, porque es una película sincera y autoconsciente. El cineasta nos sumerge en la historia que escribe el personaje de Leo Sbaraglia, un guion protagonizado por Bárbara Lennie que tiene todos los dejes de su cine: una excelente fotografía, dirección de arte y música que ya son marca de la casa, así como momentos tan sugerentes como el striptease de Beau (Patrick Criado) o cómicos como la foto pixelada de Patricia (Victoria Luengo). Otros, en cambio, te sacan del relato: la fiesta en la que aparece toda la jet-set de los modernos de Madrid o incluso Amaia cantando una canción muy bonita, pero que se siente metida con calzador.
El personaje de Sbaraglia está improvisando su guion: lo sabemos porque va hacia adelante y hacia atrás, abandona progresivamente a algunos personajes —como Beau— mientras otros —como el de Milena Smit— ganan peso a medida que avanza el relato. Hay cosas interesantes pero, como juzga luego el personaje de Aitana Sánchez-Gijón, se siente una historia errática de diálogos forzados y con muchos momentos autocomplacientes. «¡Oh, no!» —pensaba yo viéndola—: «Almodóvar vuelve a decepcionar». Pero no hay que cometer el error de juzgar demasiado pronto: en esta historia, el cineasta tiene guardado un as en la manga que lo cambia todo.

La ansiedad del personaje de Sbaraglia no viene por los deadlines —como pasaba en Adaptation— pues él es un cineasta ya consagrado de quien se hacen retrospectivas, sino por el miedo a no volver a trascender con su obra. Esta autorreferencia esconde la clave de la película: la del autor que se cree más leyenda que futuro y vive esa realidad con angustia. ¿Y si ya no tiene nada que contar? ¿Cómo se libera uno de las expectativas?
En Amarga Navidad, Almodóvar desmenuza su proceso creativo y se da cuenta de que la verdadera inspiración ya no está en él mismo ni en repetir los malos dejes de su cine reciente. Es, paradójicamente, una historia de autoficción que termina con un alegato en contra de la misma. Ese «eureka» que experimenta Almodóvar al final dota de sentido a todo lo visto hasta entonces y convierte la película en una historia de muñecas rusas en la que todo estaba más medido de lo que parecía: Carmen Machi preguntando por los «cineastas de culto», el espejo entre los personajes de Patrick Criado y Quim Gutiérrez, o incluso Bárbara Lennie escribiendo autoficción dentro de la historia. Toda creación habla de uno mismo, aunque no lo queramos: de ahí que se nos muestre en pantalla un guion que finalmente termina en la papelera.
Kaufman logró escribir una película que —a su vez— era el film que veíamos en pantalla. Aquí, sin embargo, dejamos al personaje de Sbaraglia escribiendo su nuevo guion, pero nunca lo vemos. Me hubiese gustado que siguiera para comprobar si esa historia es tan buena como algunas de sus mejores películas, pero habrá que esperar a la próxima. Sin embargo, y aunque solo sea para soñar, un dato esperanzador: después de compartir su proceso creativo en Adaptation, Charlie Kaufman escribió Olvídate de mí. ¿Le pasará algo parecido a Almodóvar?



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